
–Capitán, ¿recuerdas cuando nos hicimos a la mar por primera vez? Clavaste aquel doblón de oro en lo alto del mástil y dijiste: «Esto es para el primero que aviste la gran ballena blanca. He perseguido a esa bestia por los siete mares y más allá», dijiste, «y a través de las mareas de mi vida; hasta que no tenga su cabeza no volveré a poner un pie en tierra».
”Se me inflamó el corazón cuando, de pie en proa, dijiste: «Todos sois iguales bajo mi vela. Sois todos hombres buenos y libres, y seréis ricos cuando regresemos con la cabeza de la ballena. Hemos renunciado a todas las comodidades de tierra firme y las desdeñamos donde quiera que vayamos, hasta que derrotemos a esa maldita ballena. Mientras yo tenga un barco, siempre tendréis un hogar».
”Puerto tras puerto, travesía tras travesía, los años fueron quedando atrás, como alas desplegadas a nuestras espaldas. Éramos todos hombres buenos y libres, y tan ricos como podríamos desear serlo cuando el viento cantaba en nuestro oído y el sol brillaba sobre nuestras espaldas. Hablábamos a menudo de todas las cosas a las que habíamos renunciado, pero eran tesoros que nos alegrábamos de dejar atrás, y aunque perseguíamos a aquella ballena sin verle siquiera la cola, nunca se nos pasó por la cabeza la idea de rendirnos.
”Pero capitán, tengo que hacer una confesión. Una noche, mientras oteaba el mar, vi fugazmente algo blanco que se zambullía bajo las olas y no dudé ni por un momento de qué podía ser. Al instante, corrí a la puerta de tu camarote, pero me detuve con la mano sobre la campana cuando pensé en lo que nos esperaba en tierra.
”Bajé la cabeza lleno de vergüenza mientras volvía a subir al mástil, con la voz rota por las lágrimas de rabia. Éramos todos hombres buenos y libres, todos excepto yo. Durante cuarenta días con sus noches no volví a hacer ni un ruido hasta que me despertó la conciencia y corrí a contarle a mi compañero de litera lo que había hecho, pero él se rió y me dio una palmada en la espalda. «Todos los que creen haber visto la ballena se han mordido la lengua», dijo. «Al capitán poco le importará, mientras nunca sepa lo cerca que estuvimos. Somos todos hombres buenos y libres, y elegiste el mar libremente antes que la tranquila vida del hombre en tierra o la tumba recubierta de oro de los ricos».
”Y a partir de ese día, cuando pasaba frente al doblón que un día consideré símbolo de mi vergüenza, no volví a pensar ni por un instante en las cosas que no había conseguido, sino que inclinaba la cabeza en agradecimiento por todo lo que había ganado.
–Yo también tengo que hacer una confesión –dijo el capitán–, y antes de morir quiero que la oigas. Sé que luchaste contra la tentación aquella noche frente a mi puerta y me pregunté si darías la voz de alerta. Me alegré de ver que resistías y me alegré de que pensaras que me habías engañado, porque la ballena que perseguimos nunca existió.
”Eres un hombre bueno y libre.
Ains, cómo mola el folk.