Yo nunca he sido una persona de bandas sonoras, es decir, de escucharme la BSO de una película por sí misma como si se tratase de cualquier otro disco. De hecho, en toda mi vida sólo he escuchado tres: la de Parque Jurásico, la de El Rey León y la de Akira, si bien es cierto que las dos primeras las rayé de tanto escucharlas a todas horas por razones obvias. Yo siempre he sido más de apreciar la banda sonora en su hábitat natural, en la película, como parte de la escena en su conjunto, que para eso está, porque hay veces que una escena es memorable gracias en gran medida a una elección brillante de la banda sonora.
Por supuesto, todo esto viene a raíz de la sesión de cine del otro día en la que vimos Kill Bill vol. 2, porque si hay un talento que no se le puede negar a Tarantino es ese buen oído para la música. Por poner sólo un ejemplo, ¿qué sería del duelo entre O-ren Ishii y Beatrix Kiddo en la primera parte sin el flamenqueo disco fashion del Don't Let Me Be Misunderstood versión Santa Esmeralda?
Pero no es eso de lo que quería hablar. Cuando pienso en escenas PERFECTAS en las que la acción y la música se compenetran de tal manera que sólo te queda murmurar «Cabrones...» mientras te secas las lágrimas, sólo puedo pensar en esta:
Quizás no demuestre mucho nivel si digo que tal vez sean mis siete minutos favoritos de toda la historia del cine, muy por delante de lo de los trabajadores saliendo de la fábrica Lumière. Pero me da igual, porque esta escena (que imagino que todo el mundo reconocerá como la de Uncas y Alice en El último mohicano) es eso, PERFECTA.
PERFECTA.
Por supuesto, todo esto viene a raíz de la sesión de cine del otro día en la que vimos Kill Bill vol. 2, porque si hay un talento que no se le puede negar a Tarantino es ese buen oído para la música. Por poner sólo un ejemplo, ¿qué sería del duelo entre O-ren Ishii y Beatrix Kiddo en la primera parte sin el flamenqueo disco fashion del Don't Let Me Be Misunderstood versión Santa Esmeralda?
Pero no es eso de lo que quería hablar. Cuando pienso en escenas PERFECTAS en las que la acción y la música se compenetran de tal manera que sólo te queda murmurar «Cabrones...» mientras te secas las lágrimas, sólo puedo pensar en esta:
Quizás no demuestre mucho nivel si digo que tal vez sean mis siete minutos favoritos de toda la historia del cine, muy por delante de lo de los trabajadores saliendo de la fábrica Lumière. Pero me da igual, porque esta escena (que imagino que todo el mundo reconocerá como la de Uncas y Alice en El último mohicano) es eso, PERFECTA.
PERFECTA.