Un día cualquiera de agosto. En la tele, Arguiñano.- ¿No hay otra cosa?
- ¿Qué quieres ver?
- Los Juegos...
- ¡Si ahora no hay españoles...!
¡¡¡ME IMPORTA UNA MIERDA LO QUE HAGAN LOS ESPAÑOLES, YO LO QUE QUERÍA ERA VER LOS JUEGOS!!!
No lo entiendo. O mejor, sí lo entiendo, pero me parece una estupidez. Si te gusta un deporte, ¿qué más te da dónde hayan nacido los participantes? Y si no te gusta, ¿para qué lo ves? Para eso, ponte los resultados en el Teletexto y ahí te enteras de cuántas medallas te puedes apropiar ("Hemos ganado..."). Y que conste que no tengo nada en contra de los españoles; de hecho, algunos de mis mejores amigos tienen esa nacionalidad.
Pero allá cada uno. Para mí, lo mejor y lo más emocionante de los Juegos fue un partido de ping-pong, a las seis y media de la mañana, en la que un señor egipcio con 44 años y cara de velocidad, que responde al nombre de Adel Massaad, que vestía un pantaloncito muy corto semejante a unos calzoncillos de los abultados y que se pasó la mitad de su participación olímpica limpiando la mesa de sudor con una toalla o con la mano, según le diera, consiguió ponerse 3-2 después de perder los tres primeros juegos contra un español calvo. Sentía verdadera lástima cada vez que fallaba un golpe pensando que este pobre hombre se iba a volver a su casa sin ganar ni un juego, y algo parecido a la euforia cuando conseguía anotar y cuando empezó su remontada. Al final perdió, porque era bastante malo a pesar de su inmejorable aspecto, pero ahí quedó su gesta para la épica, a la altura de Phelps. Sólo podría haberla mejorado si, al acabar el partido, se hubiera dado de hostias con el calvo, lo que en efecto estuvo a punto de ocurrir porque el señor Massaad, que durante el partido había gritado cada punto de forma desafiante, no le quiso dar la mano a su rival. Y todo esto lo pude ver, únicamente, porque dio la casualidad de que el calvo era español. ¡Quién sabe cuántos momentos memorables me habré perdido!