Mostrando entradas con la etiqueta El Hobbit. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Hobbit. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de diciembre de 2014

Fantasmadas y cinco ejércitos

Tres películas, ocho horas, siete años siguiendo el tema... Se acabó. Ya he visto El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos y, salvo que alguien se lance con Los hijos de Húrin o alguna otra historia de El Silmarillion (y tiemblo sólo de pensarlo), no volveré a sentarme en la misma sala del mismo cine con la misma gente para ver una película ambientada en la Tierra Media. Pero ¿sabéis qué es lo grave? Que me da igual. La última parte de El Hobbit no ha servido precisamente para dejarme con ganas de más y, de hecho, considero que es bastante más pobre que Un viaje inesperado y que La desolación de Smaug, que no dejé precisamente en buen lugar por aquí. A partir del año que viene, la ocasión de reunirse en el mismo cine, en la misma sala y con la misma gente la darán las secuelas de La guerra de las galaxias, y poco motivo habrá para acordarse de Bilbo.


Nada más empezar, tenemos lo que probablemente sea lo mejor de toda la película: el ataque de Smaug a la ciudad de Esgaroth. El dragón destruye la Ciudad del Lago e innumerables pantallas verdes antes de ser abatido por Bardo con una flecha negra y la ayuda de su hijo, en una escena sorprendentemente corta para lo que es esta saga. Quizá por eso funciona bien, aunque se hace difícil no pensar que, cuando Smaug es tu mejor carta, tal vez convenga aprovecharlo más, darle más frases a Benedict Cumberbatch y no pasarte la mitad de la escena con las tonterías del gobernador malo malísimo y de Alfrid, bufón de la película y, más adelante, madre de Brian. Con el dragón muerto, los enanos que se habían quedado atrás parten para Erebor, no sin antes propiciar una escena romántica extremadamente poco creíble entre Kili y Tauriel, interrumpida por el pagafantas mayor del reino, Legolas, quien al parecer decide que, como no puede quedarse con la chica, en adelante se va a dedicar a sabotear la película. Peter Jackson, por su parte, al ver frustrado su fanservice nanoélfico, lo intenta con las miraditas y la ternura entre Gandalf y Galadriel durante el rescate del mago gris de Dol Guldur por el Concilio Blanco, que les da una buena paliza a los espectros del anillo hasta que aparece Sauron en persona. En una de las decisiones estéticas más extrañas de la trilogía, y uno de los dos momentos decididamente lisérgicos de esta tercera parte, Galadriel recuerda su power-up a base de convertirse en un negativo azulado y poner voz satánica que ya quedaba fatal en El Señor de los Anillos y consigue así expulsar al Nigromante y a sus llamas danzarinas.

Lo irónico es que lo de la Galadriel azul sale en el libro

Mientras tanto, los supervivientes de Esgaroth acampan en las ruinas de Valle y tratan de negociar con Thorin para que les entregue parte del tesoro como pago por sus servicios para poder reconstruir su ciudad, pero el rey de los enanos ha sucumbido a una interpretación muy literal del mal del oro y se ha convertido en un gilipollas integral de la noche a la mañana (además de en un cosplayer de Caballeros del Zodíaco, a juzgar por la corona), por lo que se niega, para decepción del resto de la compañía, que se pasará buena parte del resto de su tiempo en pantalla recordándole que antes molaba. En esto llega Thranduil al mando de los consabidos elfos de Núremberg (inciso: ¿cómo es que los elfos NUNCA sonríen en esta saga? Son todos unos putos autómatas. ¿Se puede tener elfos menos tolkienianos?) y montado en su querido alce hecho por ordenador para redirigir la situación decididamente hacia la guerra por el reparto del botín. En un intento por evitar el derramamiento de sangre, Bilbo se escabulle y les lleva al rey elfo y a Bardo la piedra del arca, el más preciado de los tesoros del pueblo de Durin, con el que Thorin está completamente obsesionado. Sin embargo, las negociaciones no fructifican, ya que Thorin está esperando la llegada de su primo Dáin Pie de Hierro al frente de sus tropas. La batalla es, por tanto, inevitable.

El alce se llama Celeborn

Cuando los elfos van a comenzar su ataque, llega Dáin montado en un cerdo (séh) y los conmina a marcharse. A pesar de su montura y de los colmillitos de su barba, hay que decir que Dáin mola: es un señor enano como dios manda. Sin embargo, cuando se despliegan sus lanceros y el combate va a comenzar, llegan por fin los orcos de Azog, con lo que enanos, elfos y hombres olvidan sus diferencias y se disponen a luchar frente al enemigo común. No obstante, Thorin se niega a salir de Erebor y sólo el segundo momento lisérgico de la película le convence de que debe tomar parte en la batalla para luchar junto a sus parientes. Y en realidad aquí acaba el argumento propiamente dicho; el resto de la película está dedicado a la batalla más caótica y desestructurada que recuerdo haber visto. Resumiendo, se puede decir que los orcos toman casi todo Valle y arrinconan a los enanos, a los que la entrada en razón de Thorin da nuevos bríos para cargar y rechazar al enemigo cuando parecía todo perdido. Para darle el golpe de gracia al ejército orco, un grupo de operaciones especiales enano montado en cabras (séh) y liderado por Thorin en persona sube al puesto de mando de Azog en la Colina de los Cuervos, pero es una trampa: Bolg se aproxima con otro ejército. En la pelea final de rigor, Fili y Kili mueren, Legolas y Tauriel hacen elfadas y Thorin consigue acabar con Azog, pero él mismo es herido de muerte. Por fin, llegan las águilas, termina la batalla, Thorin aprende una lección sobre la amistad y Bilbo regresa a la Comarca, con unas últimas y breves escenas bastante logradas en las que se muestra sutilmente la influencia del anillo, como nexo con la trilogía anterior.

Vaya por delante que esta crítica va a ser la menos objetiva de las tres, o por lo menos la menos justificable. Creo que con las dos anteriores cumplí mi objetivo de tratarlas como películas por sí mismas, no como adaptaciones tolkienianas, y por tanto logré centrarme en aspectos puramente cinematográficos, aunque por supuesto alguna coña sobre el legendarium cayera. Esta va a ser un poco distinta, y no por elección, sino porque La batalla de los cinco ejércitos me suscitó reacciones viscerales e incontrolables que me sacaron completamente de la película a base de reventar por todos lados mi suspensión de la incredulidad. Por supuesto, tiene muchos de los mismos defectos que las dos primeras, y más tarde volveré sobre ellos, pero el factor principal que me impidió disfrutar de la película fue que gran parte de lo que veía me parecía, simple y llanamente, una soberana estupidez.

Me explico. Cuando vi La Comunidad del Anillo en el cine allá por 2001, me pareció algo mágico, increíblemente absorbente y evocador, no por su argumento, ni por sus diálogos, y menos por sus efectos especiales, sino porque lo que estaba viendo era cómo la Tierra Media había cobrado vida. Era una película de fantasía, por supuesto, y los hobbits no eran seres menos fantásticos porque los representaran personas de carne y hueso; pero ese mundo se presentaba como algo muy real, cercano, coherente y, en una palabra, creíble. Por eso mismo lo mejor de la nueva trilogía es el principio, que tiene un tono, una estética y un propósito comparables, y por eso esta última me parece tan floja: porque, en lugar de intentar hacerme creer en lo que me muestra, Jackson me recuerda en cada fotograma que lo que estoy viendo es imposible, mientras que la verosimilitud se sacrifica en el altar de los gráficos por ordenador y las fantasmadas supuestamente guays. Una cosa es aceptar que los elfos tengan una agilidad sobrehumana, y otra muy distinta, que Legolas convierta un derrumbe en un juego de plataformas.

Básicamente

Lo que en la trilogía original eran cosas muy puntuales, aquí es constante: Thranduil decapitando orcos colgados de los cuernos del alce, Legolas suspendido de un murciélago, elfos saltando por encima de un muro de escudos enano que por tanto pierde toda su utilidad al segundo, el cerdo de guerra, enanos cabalgacabras, orcos de plástico y monstruos sacados de 300, orografía estrambótica, acrobacias imposibles, coreografías ridículas, diseños de armas y armaduras absurdos... Cada plano, para mí, era un recordatorio de que no estaba viendo una historia, sino una colección de cosas pretendidamente «molonas» pero, para mi gusto, irrisorias. En esto se ven algunos de los defectos que ya señalé en las dos primeras películas: la excesiva dependencia de los efectos especiales y la saturación de escenas exageradas, con la desensibilización correspondiente; pero esta vez el problema es más profundo. Sin embargo, no creo que en La batalla de los cinco ejércitos haya saturación en el mismo sentido en que empleé esa palabra en mis dos críticas anteriores (es decir, como escenas excesivamente largas cuyo único recurso es la orgía visual y que acaban siendo aburridas), sino que más bien hay un martilleo incesante durante casi toda la película que no me produjo aburrimiento, sino incredulidad. Para mi experiencia personal, el impacto de esta nueva forma del problema fue incluso peor, pero a efectos de calidad cinematográfica es una distinción importante: si esta tercera parte no produce tedio, y si mi reacción (totalmente visceral, como ya he dicho) se debe a que se rebasan mis límites personales ante las fantasmadas, ¿no seré yo el problema?

Soy muy consciente de que, en todo esto, hay no poca hipocresía: ¿son las cabras de los enanos menos creíbles que las águilas o que las arañas gigantes? ¿Los bichos cometierra están necesariamente más fuera de lugar que los murciélagos? ¿Tengo algún criterio aparte de si aparece o no en los escritos de Tolkien para calificar algo de estúpido? Es un tema complicado, por supuesto. La línea entre lo «guay» y la «gilipollez» es muy subjetiva, varía de un espectador a otro y, sin duda, el canon literario juega un papel importante en los casos de las criaturas fantásticas que aparecen en la película y que me hicieron llevarme las manos a la cabeza. Por eso esta crítica es necesariamente floja, muy personal y, quizás, poco generalizable: mi umbral de tolerancia se vio superado muy pronto, lo que me sacó completamente de la película, e imagino que muchos otros espectadores a los que no les guste demasiado la high fantasy moderna pero que se interesen por la historia tendrán una reacción similar a la mía, pero habrá mucha gente a la que las mismas escenas y los mismos elementos no les supongan ningún problema. Y eso está bien.
  
«La segunda punta sólo sirve para que sea más fácil bloquearla»
Si has pensado eso, abstente de ver esta película

Sin embargo, quienes puedan sobreponerse e incluso disfrutar de las fantasmadas todavía tendrán que enfrentarse a otros defectos de la película y de la trilogía en general. El abuso de gráficos por ordenador que ni siquiera están bien hechos y que quedan muy falsos sigue siendo una constante, como ya he dejado caer. Además, asistimos en esta tercera parte al retorno de un problema que la segunda había conseguido evitar más o menos: el tono. Las escenas más solemnes y serias se ven interrumpidas por conejitos tirando del trineo de Radagast o por las payasadas constantes de Alfrid, que, aunque graciosas, acaban siendo cargantes. Sospecho que esto se debe a la desestructuración de la película: al estar casi por completo dedicada a la batalla propiamente dicha, no queda hueco para la comedia convencional, por lo que los toques humorísticos caen donde buenamente puedan. Y es que esa desestructuración que he mencionado varias veces es uno de los mayores defectos de la película, que queda reducida a una concatenación de episodios caóticos en los que no se ofrece una vista general adecuada de lo que está ocurriendo y de dónde está cada personaje. En una escena tan larga, habría estado bien dedicar mucho más tiempo a la lucha en formación, a los soldados enanos, elfos y humanos anónimos, al muro de escudos y las lanzas, ya que esto le habría dado a la batalla una cohesión táctica y narrativa que habría servido como núcleo en torno al cual articular los hechos más o menos independientes de cada grupo de personajes. En su lugar, sólo hay caos. La escaramuza final entre algunos de los héroes y los malos queda así muy desvinculada del resto de la batalla, y no hay más que la más superficial lógica narrativa, pero, a fin de cuentas, «superficial» es un adjetivo que El Hobbit se ha ganado a pulso.

Con el paso del tiempo, dudo mucho que El Hobbit sea recordada como El Señor de los Anillos todavía lo es, a pesar de sus muchos defectos; ni siquiera creo que me vaya a apetecer especialmente volver a verla. En última instancia, el problema principal de esta nueva trilogía, un problema que todo el mundo veía venir, es que hay demasiada poca chicha para tres películas y ocho horas de metraje, lo que lleva a una inflación tremenda de escenas de acción como vil relleno y a una banalización muy seria. Podría haber sido peor, por supuesto, pero no puedo evitar preguntarme qué habría pasado si otro director se hubiera hecho cargo del proyecto cuando este todavía consistía de dos películas. Quizá Ian McKellen no habría llorado, Viggo Mortensen no habría dicho que a Jackson se le va de las manos, Tauriel no habría quedado como un personaje femenino sin valor intrínseco cuyo único cometido es propiciar una trama romántica y yo habría escrito algo muy distinto en mis tres críticas.

Aun así, nos hemos echado unas risas, ¿no?

sábado, 21 de diciembre de 2013

El desconcierto de Smaug

Ya ha pasado un año desde que escribí mi crítica de El Hobbit: Un viaje inesperado, aunque desde entonces sólo haya publicado cuatro cochinas entradas. Eso significa que somos un año más viejos y que todo el mundo está teniendo bebés como si no hubiera un mañana, pero también que ya está aquí la segunda parte: La desolación de Smaug. Como la primera me dejó un poco frío y había oído que esta no iba a ser diferente, decidí ir con el mismo sano escepticismo que entonces, pero a la vez sin poder reprimir del todo el entusiasmo, porque a fin de cuentas una película como esta es una ocasión especial. Que estamos hablando de asuntos tolkienanos, por dios. Vale, es cierto que tanto yo como la acuñadora del apodo «Orc Nieve» habíamos expresado cierta intención de mofarnos de la película, pero era todo una pose y un mecanismo de autodefensa ante los golpes de la vida y de Peter Jackson: queríamos que nos encantara, pero presentíamos lo que iba a ocurrir.


Por resumir la película: empezamos con un flashback al momento en el que Gandalf se presenta a Thorin con su plan, tal y como se relata en los Apéndices de El Señor de los Anillos y en los Cuentos inconclusos. Sin duda afectado por los comienzos de la demencia senil, el mago recomienda a Thorin recuperar la piedra del arca para que todas las Casas de los enanos se le unan, junten sus ejércitos y planten cara a Smaug en batalla campal (un plan que sólo puede calificarse de estupidez; en los libros, y espero que sea la única crítica a cambios respecto a ellos que hago en toda la entrada, es una idea de Thorin y Gandalf le dice que no se flipe tanto). A continuación, volvemos al presente, donde Bilbo y compañía andan por las estribaciones orientales de las Montañas Nubladas, donde los dejamos al final de la primera película. El hobbit, que hace de explorador, alerta a los enanos sobre una bestia en forma de oso que los acecha, ante lo que toda la compañía se hace caquita. Para que puedan ponerse una muda limpia, Gandalf los lleva a casa de Beorn, un cambiapieles que resulta ser la bestia de antes, además del padre de Michael J. Fox en De pelo en pecho.

 Peliculón

Pero al final nada de esto importa y a Beorn lo despachan en 5 minutos, después de lo cual llegan a los límites del Bosque Negro (anteriormente conocido como Bosque Verde). Allí, Gandalf los deja tirados, pero no porque el Concilio Blanco lleve siglos observando la situación y lo tenga todo estudiado, sino porque le da un pálpito; a fin de cuentas, todavía no saben que el Nigromante es Sauron. La escena psicotrópica en el bosque, donde pierden el camino hasta que unas amables arañas les ayudan a orientarse, creo que está bastante bien, y es una buena alternativa a la escena correspondiente en el libro, tan de cuento de hadas que difícilmente habría encajado en la película. El único problema es que eliminar esa escena convierte a Thranduil en un cabrón, pero buena parte de su caracterización va por ahí, así que está claro que es una decisión consciente y por tanto respetable. Los elfos rescatan a los enanos de las arañas, pero los hacen prisioneros (no a Bilbo, que ha quedado separado del resto por culpa de la influencia del anillo). Aquí empieza una subtrama romántica metida con calzador con Kili y Tauriel, con Legolas en medio, que bueno, está ahí. Bilbo consigue liberar a los enanos y juntos escapan por el río metidos en barriles, pero son detenidos primero por los elfos y luego por los orcos. Sigue una escena de combate fluvial bastante tonta pero que funciona bien y es graciosa, así que no me parece mal ni siquiera el momento barrilete cósmico de la muerte que protagoniza Bombur. Mientras, Gandalf y Radagast hacen sus averiguaciones y el mago gris deduce que el Nigromante es probablemente Sauron, ante lo que no se le ocurre mejor idea que ir a su fortaleza de Dol Guldur él solito a investigar. Cuando Sauron se le muestra, cae prisionero (voy a imaginar que no lo mata al instante porque piensa que sabe algo del anillo). Mientras, Bilbo y los demás llegan a Esgaroth tras un proceso largo, complicado y más bien aburrido e innecesario en el que conocen a Bardo, al gobernador y a una especie de Gríma al revés (unicejo en vez de sin cejas). Por fin, Bilbo y la mayoría de los enanos parten hacia Erebor, aunque unos cuantos se quedan atrás con Kili, que resultó herido durante la huida por el río, y tras ciertos problemas consiguen entrar en la montaña y mandan a Bilbo a echar un vistazo. Y allí, el hobbit se encuentra con Smaug.

MUTHAFUKIN SMAUG


El momento que todo el mundo estaba esperando. La razón principal por la que estaba en el cine. SMAUG EL DORADO. Y, la verdad, superó todas mis expectativas. La presentación de Smaug es, sencillamente, perfecta. Tanto Benedict Cumberbatch como Martin Freeman hacen un trabajo espectacular, hasta el punto de que, sin ellos, la película sería un desastre. Smaug es creíble, amenazador, grandioso y, sobre todo, inteligente. El miedo de Bilbo, al contrario que ocurre con la mayoría de los otros personajes en situaciones peligrosas, es palpable. Si toda la película fuera como esta escena, tendría que darle un 10. Lo malo es que está claro que Jackson tuvo un dilema. En el libro, el contacto con el dragón es mínimo, por la sencilla razón de que Smaug se podía comer a los enanos con patatas todas las veces que quisiera, pero eso sería muy poco heroico, así que Thorin, Bilbo y compañía se ven envueltos en una persecución por los salones de Erebor que estropea bastante la impresión inicial causada por Smaug, porque en esta escena innecesariamente larga y complicada, ejemplo del principal problema de El Hobbit en conjunto (como ya comenté hace un año y como explico más abajo), el dragón queda como un completo inútil y no hay rastro de su aterradora inteligencia.

Tras las acrobacias de rigor, los enanos y Bilbo bañan a Smaug en oro fundido, ante lo cual el dragón decide marcharse (¿dejando su tesoro en manos de su mayor enemigo?) para destruir Esgaroth como venganza. Cuando parece que la cosa se aproxima a su punto álgido, la película termina de la forma más brusca imaginable, dejando todas y cada una de las tramas argumentales en el aire y a los espectadores un tanto confusos.
 
En mi crítica a Un viaje inesperado señalaba como problemas principales la inconsistencia en el tono y la excesiva dependencia de los efectos especiales y las escenas de acción espectaculares que se alargaban hasta que no daban más de sí. Lo bueno es que La desolación de Smaug no creo que tenga esos problemas con el tono: sigue mezclando comedia con acción, por supuesto, pero la sensación que me dio es que lo hace de una forma más armónica. Sin embargo, como ya he dejado caer antes, el otro fallo de la primera película y que para mí era el más grave se repite en esta continuación: una saturación de acrobacias imposibles y efectos grandilocuentes en escenas inacabables que no producen otra cosa que desensibilización y tedio. Con la primera no llegué a aburrirme del todo en ningún momento, aunque escenas como la de la pelea entre los gigantes me llevaran al límite; con esta, sí, sólo que lo que entonces eran gigantes y persecuciones en las cuevas de los trasgos esta vez son espectáculos imposibles con oro fundido en la Montaña Solitaria.

Orcos atacando Esgaroth

Aun así, se podría pensar que es una mejora, ¿no? De los dos problemas principales de la original, han solucionado uno. Pues sí. Lo malo es que lo han sustituido por otro no menos grave: la intrascendencia, que desemboca en cierto desapego hacia lo que está ocurriendo en la pantalla. Cuando todos tus protagonistas son capaces de hacer malabarismos imposibles en cualquier situación y de cargarse a sus enemigos con un roce como si fuera un videojuego, la sensación de peligro tiende a desaparecer. Vale que Legolas y Tauriel tengan una agilidad sobrehumana por el hecho de ser elfos (aunque hay que decir que eso no ayuda mucho a los guardias del río), pero es que en esta película todos los personajes dejan a un gato gimnasta en ridículo... cuando el argumento lo requiere. Igual que los enanos son ruidosos cuando conviene, o que Smaug tiene un sentido del olfato muy desarrollado cuando a Jackson le viene en gana. No hay ninguna consistencia, las premisas ya establecidas no sirven en la escena siguiente porque esta se tiene que desarrollar de cierta forma para que la historia avance por donde quiere el director, y el resultado de esto es que no importa lo difícil que sea la situación en la que se vean metidos los protagonistas: no hay tensión, sabemos que no les va a pasar nada porque la única regla, que no les impide actuar como superhéroes, es que no hay reglas. El único que sale malparado es Kili, y eso sólo para que Tauriel lo cure canalizando a su Arwen interior, algo que estaba telegrafiado no, lo siguiente. Sin tensión, sin trascendencia, es difícil construir un universo creíble o absorbente. 

Ay, Tauriel. Una oportunidad perdida. Como friki tolkienano que soy, cuando me enteré de que se habían inventado a este personaje se me levantó una ceja al instante, pero para que veáis que no soy ningún talibán, tengo que decir que su inclusión fue buena idea. Lamentablemente, la ejecución es bastante pobre. Thranduil menciona que no dejaría a Legolas comprometerse con una vulgar elfa silvana, lo cual me dio ciertas esperanzas de que exploraran la sociedad élfica más a fondo, pero no. Un poco de contexto: al final de la Primera Edad, muchos Eldar (la rama crema de los elfos), sobre todo elfos grises, emigraron al este y se asentaron entre los elfos silvanos con el propósito declarado de volver a un estilo de vida más natural y alejado de la corrupción del mundo que los había llevado a la ruina. Allí, los elfos nativos (silvanos, no Eldar, por mucho que diga Tauriel) escogieron a los más distinguidos de entre ellos como reyes: Galadriel y Celeborn en Lothlórien y Thranduil en el Bosque Verde. Pero se dice que algunos silvanos estaban resentidos ante esos elfos con aires de superioridad que habían ido a perturbar su tranquilidad y a usurpar el poder. Pensaba que Tauriel serviría para explorar esto, pero no. Tampoco la aprovechan para presentar en condiciones el conflicto entre el aislacionismo y el intervencionismo inherente a todos los elfos: Tauriel dice que los problemas del mundo exterior les afectan a todos, Legolas insiste en que al mundo exterior le pueden dar mucho por culo, pero a la hora de la verdad los dos van a Esgaroth a perseguir orcos (por cierto, tanto problema para entrar de estrangis en la ciudad y luego resulta que orcos y elfos se pasean por allí como si estuvieran en su propia casa) y no dedican más que una corta escena a ese conflicto. Pero lo grave no es eso. Lo grave es que, como es una mujer, al final su verdadero rol sólo puede ser el de propiciar una subtrama romántica con Legolas y Kili, eslabón este totalmente increíble y que sobra muchísimo. Con eso y el mencionado refrito de la Arwen sanadora angelical de El Señor de los Anillos parece que se dieron por satisfechos, cuando su personaje tenía potencial para mucho más.

 Tauriel en el storyboard

Como ya he dicho, en La desolación de Smaug no se resuelve ninguna de las tramas. Eso hace que, como película independiente separada del resto de la trilogía, quede un poco coja, pero cuando tengamos el producto completo debería dar igual. Sin embargo, sí que puede provocar que la tercera película esté saturada. De momento, me queda claro que, si se hubiera evitado la hiperinflación de escenas de acción que no aportan gran cosa y el relleno insustancial del material mal aprovechado de los Apéndices, habría dado tiempo bien a condensar la historia, bien a desarrollar las partes que son prometedoras pero que se quedan en estado embrionario. A fin de cuentas, no es sino la confirmación de las preocupaciones de mucha gente cuando se enteraron de que iban a ser tres películas: hay mucha paja y no se manejan los tiempos demasiado bien, pero como no deja de ser la Tierra Media la cosa se salva.

Es la Tierra Media, digo, pero con matices, porque el vestuario no ayuda en eso de la credibilidad y la inmersión. Entiendo que quieran darle a Esgaroth, a Valle y a esta región nororiental de la Tierra Media en general una personalidad propia, pero no creo que ese toque a lo s. XVII entre veneciano y lituano o ruso sea el camino. Choca. El gobernador en particular queda como un anacronismo fuera de lugar en el universo tolkienano. Tampoco me convencen nada los diseños de armas y armaduras cada vez más fantasiosos que se gasta todo dios: hachas de juguete con hojas enormes, cuchillos de formas estrafalarias (que, por cierto, amenazan con degollar a la gente por el lado teóricamente sin filo en al menos una ocasión), armaduras de placas élficas made in Tamriel, taparrabos órquicos de acero y cuero endurecido... Aclaremos conceptos: Tolkien escribía high fantasy («fantasía épica»), pero la estética de la Tierra Media es, en su mayor parte, decididamente low fantasy en términos modernos.

Orcos más ajustados a las descripciones de Tolkien (por Tulikoura)

Los diseños de la película a mí personalmente sólo me sirven para que parezca todo más falso y una fantasmada todavía mayor, lo que va de la mano con las acrobacias circenses que han conseguido que los momentos «Legolas haciendo skate sobre un escudo» o «Legolas haciendo que un mûmak se estrelle contra un puesto de frutas en una persecución» de la trilogía original pasen a ser el pan de cada día en las precuelas.

Supongo que en eso se resume todo: El Hobbit es una fantasmada entretenida que sólo se eleva un poco por encima de ese estatus sobre todo gracias a Bilbo y, en la segunda parte, a Smaug. Pero, por supuesto, cuando estrenen la tercera parte estaré allí, y con el mismo entusiasmo a duras penas reprimido.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Un gñee inesperado

El viernes fue el gran día. Después de años de rumores, habladurías, noticias más o menos fidedignas, anuncios oficiales, tráilers y demás, por fin se estrenaba la primera parte de El Hobbit. No las tenía todas conmigo, pero evidentemente no podía seguir con mi vida sin verla. Y, como ya había hablado de ella varias veces por aquí (¿la primera, en abril de 2008? Uf), no me queda más remedio que escribir una crítica.


No me temía un truño, pero sí que no fuera nada especial, y al final esa es la sensación que me dejó. Desde luego, es una película muy entretenida, que no se hace larga para nada a pesar de sus casi tres horas de duración. Pasará a la historia por el tema de las 48 fps, que es ciertamente un dato muy importante, pero a fin de cuentas secundario dentro de la película en sí. Por desgracia, tiene demasiados problemas como para funcionar como algo más que entretenimiento de lo más ordinario, por mucho que, por la temática, me gustase.

La película empieza contando la historia del reino enano de Erebor, la llegada de Smaug, la destrucción de Valle y el exilio del pueblo de Durin, un poco como La comunidad del Anillo empezaba con la Guerra de la Última Alianza, presentando un poco de esa profundidad histórica que es uno de los puntos fuertes de la obra de Tolkien y que, si bien estaba relativamente ausente de El Hobbit cuando se editó en 1937, el autor se encargó de desarrollar durante la escritura de los Apéndices de El Señor de los Anillos. Desde el principio del proyecto se suponía que ese material extra era lo que iba a dar para convertir El Hobbit en dos películas (más tarde, en tres), lo que permitía suponer que se trataría la mitología tolkieniana en condiciones. Al final no ha sido así. Realmente, Jackson no incorpora apenas escenas de esos nexos escritos por Tolkien años después, sino que utiliza personajes y situaciones para imaginar sus propias escenas. Por supuesto, esto no tendría por qué ser un problema para la película tomada como obra independiente, pero tiene sus consecuencias.

Y es que, en ciertos aspectos, Un viaje inesperado es incongruente con el mundo tolkieniano y con la trilogía original. Chirría. La misión da la impresión de ser un tema menor, con enemigos tipo «jefe final» sacados de la manga para hacer que la división artificial en tres películas funcione. Lo que en El Señor de los Anillos era un enfrentamiento directo contra el Mal personificado del que dependía el destino de la humanidad, aquí se presenta como una aventurilla de poca monta con villanos de serie B (Azog, ese orco sacado de Planet Terror; el Nigromante, al que Saruman toma como «algún mortal tonteando con magia negra (?)»). Por supuesto, esa misión de poca monta es justo lo que se ve en el libro, donde el tema del Nigromante apenas se atisba de vez en cuando y no se dice gran cosa del Concilio Blanco; pero no es lo que aparece en la mencionada contextualización de El Hobbit que Tolkien escribió para los Apéndices

Mientras, en Lórien, Celeborn recuerda a su señora esposa y pide que le suban concubinas al árbol

A Tolkien no le convencía el tono de El Hobbit, excesivamente infantil, y dedicó bastantes esfuerzos a armonizar ese libro con su visión posterior. Jackson toma esas escenas con las que Tolkien introdujo El Hobbit en su mitología, pero les quita su significado: el papel del Concilio Blanco es nimio y no saben qué es el Nigromante; de hecho, no parecen saber gran cosa. Se contrae la cronología de forma que ya no tratamos con hechos que llevan siglos produciéndose y de los que el Concilio Blanco lleva mucho tiempo ocupándose, sino con problemas que surgen de un día para otro, con «monstruos de la semana» para que se resuelvan en el episodio de hoy de Scooby Doo. Apenas hay una mención sobre lo que pasaría si Smaug se aliara con Sauron, que es la base de todo El Hobbit en la mitología revisada. No me cabe duda de que, en la próxima película, el verdadero papel del Nigromante y los nexos con El Señor de los Anillos se revelarán, pero en Un viaje inesperado la sensación que me queda es de un asunto... cutre, vaya. De momento, Jackson usa la mitología adicional, con especial mención para el Concilio Blanco, más como relleno que como elementos interesantes en sí mismos, lo que me parece una auténtica lástima y hace que dude todavía más de que la división en tres películas dé para una buena trilogía: haciendo un buen uso del material adicional sería difícil; sin hacerlo, parece casi imposible.

Una consecuencia de esta trilogía artificial es la necesidad de que cada una de las partes tuviera su «jefe final». Si en La comunidad del Anillo ese papel recaía en el tal Lurtz, esta vez lo desempeña Azog. Hay que especificar que Azog no es inventado, pero casi. En la versión original y muy superior de la muerte de Thrór, el abuelo de Thorin, este fue a Moria acompañado de un único sirviente, y allí fue decapitado por Azog, que dejó marchar al otro enano para que dejara claro que Moria les pertenecía a los orcos. Así se desencadenó la larga guerra de la que en Un viaje inesperado sólo vemos la batalla culminante, Azanulbizar, en la que Azog muere. Y ya. No vuelve como un cyborg, ni con un huargo albino.

Orc Nieve, aquí sin Fantasma

Lo más importante es que no se convierte en un personaje caricaturesco y de plástico como el Azog de la película. En serio, ¿soy al único al que le parece falsísimo? Todos los orcos en general, la verdad. Encima parecen mucho más monstruosos y todavía menos «civilizados» que en El Señor de los Anillos, lo que para mí no es una mejora. La caracterización no me gusta y parece que beba más de Warcraft que de Tolkien. Especialmente sangrante es el caso de los orcos de las cuevas, comúnmente llamados trasgos tanto en el libro como en la película. ¿Su aspecto tiene algún propósito que no sea el de causar risa? ¿Por qué usan un mensajero en una cesta que parece un tarsero filipino?

Orcos, al parecer

El ejemplo extremo es el Rey Trasgo. Mientras todos los otros orcos hablan con voces rasgadas y bestiales, el Rey Trasgo tiene una dicción exquisita y hace chistes inapropiados como si estuviera en una película de acción hollywoodiense. Y además parece el hijo ilegítimo de Jabba el Hutt y el rey de los Gungans. ¿Por qué? ¿¡Por qué!? Muy simple: porque Un viaje inesperado tiene problemas serios con el tono.

El libro empieza como un cuento infantil y va alcanzando cotas más elevadas según avanza, de modo que muy hacia el final el tono no es tan distinto al de El Señor de los Anillos. Jackson, por su parte, no parece tener muy claro qué hacer. En este sentido, la película podría dividirse en dos partes. El primer tercio o primera mitad aproximadamente funciona muy bien, adapta el tono del original lo justo y tiene altas dosis de comedia sin menoscabar la dignidad de la historia. Es divertida, entretenida, absorbente. Logra diferenciar a los enanos y dotarlos de personalidad propia (al menos a la mayoría de ellos). Los efectos especiales no distraen y Jackson no abusa de ellos. Esto tiene mucho mérito, ya que el libro en esta parte es muy infantil, algo de lo que como ya he dicho el mismo Tolkien se arrepintió. Un ejemplo insignificante pero esclarecedor es la escena en la que Gandalf le cuenta a Bilbo la historia de Toro Bramador, la Batalla de los Campos Verdes y la invención del golf. «Eso último te lo has inventado», dice Bilbo. «Bueno, las historias hay que adornarlas un poco», responde el mago. Una escena mucho más difícil de tratar, pero en la que el resultado es notable, es la de los trolls que capturan al hobbit y a los enanos.

Según avanza la película, el tono va evolucionando y haciéndose más adulto, igual que en el libro... pero con recaídas que chocan. En escenas más serias como las de las cuevas de los trasgos, en las que en el libro no había prácticamente atisbos de comedia (no considero como tal las canciones de los orcos), a Jackson se le va de las manos y combina de mala manera la supuesta seriedad del peligro al que se enfrentan los enanos y de las amenazas con ser entregados a Azog, con las bufonerías del Rey Trasgo y los suyos. Sinceramente, me parece comedia mal entendida, tan del gusto del cine comercial, y de la que Jackson ya hizo gala en El Señor de los Anillos, para escarnio del pobre Gimli.

Esto sí que eran orcos de las Montañas Nubladas decentes

Sin embargo, siendo para mí una falta seria, no es el problema más grave de la segunda parte de la película, que podríamos decir que empieza más o menos con la aproximación a Rivendel. Lo peor es la dependencia brutal de los efectos especiales generados por ordenador. Aunque los trasgos de las cuevas son bastante ridículos, lo que estropea el conjunto no es el tono, sino la larga escena de persecución que consiste simplemente en una sobredosis de efectos especiales que acaba saturando. Jackson no los usa como una herramienta para contar la historia, sino que los convierte en el centro de su obra. En esta segunda parte, desde el encuentro con Radagast en su trineo, pasando por la pelea entre los gigantes de las Montañas Nubladas y la huida de las cuevas de los trasgos, se desata una orgía de fantasmadas, planos rápidos, supuestamente espectaculares e imposibles que no aportan gran cosa, que ya hemos visto todos y para los que yo al menos estoy bastante insensibilizado: no hacen más que recordarme que lo que estoy viendo no es real, sino el trabajo (meritorio, por supuesto) del equipo de animación. Paradójicamente, ni siquiera me pareció que los efectos especiales estuvieran más logrados que en la trilogía original, hace 10 años; más bien lo contrario.

Incluso en esta segunda parte de la película, cuando Jackson pone los efectos especiales al servicio de la historia o se concentra en trabajar con sus actores, la cosa gana mucho. La escena de Gollum y los acertijos, por ejemplo, me parece perfecta, y otro muy buen ejemplo de cómo Jackson a veces sí consigue dar con el tono justo entre el original, más infantil, y el de El Señor de los Anillos. Por eso es una pena que al final lo fíe casi todo a los efectos especiales. La tecnología avanza y llegará un tiempo en que la gente mire El Hobbit sin que las escenas de acción hechas por ordenador les parezcan nada del otro mundo, y entonces verán que, a fin de cuentas, es una película bastante vacía, un ejercicio a veces puramente visual. Por el contrario, la escena de Gollum no perderá el encanto por muy anticuada que se quede la tecnología, ya que siempre quedará todo lo demás. Los enanos, actores reales con prótesis y maquillaje, son mucho más creíbles que todos los orcos generados por ordenador (orcos de plástico y caricaturas, como ya he dejado caer). Esa orgía de efectos especiales, esa vacuidad, es el verdadero problema de Un viaje inesperado, aunque como friki que soy haya empezado hablando de las desviaciones respecto al universo tolkieniano. El resultado es una buena película sin más, entretenimiento puro para una tarde, y una oportunidad perdida.

No, venga, todo lo anterior era broma: el único problema es que Thranduil monta un puto venado.

viernes, 30 de diciembre de 2011

De barbas y dragones

Hace poco salió el primer tráiler de El hobbit, por si alguien ha estado secuestrado y no lo sabía. Mucho ha avanzado el proyecto desde la primera vez que hablé de él:



Lo primero que hay que hacer, obviamente después de limpiar el teclado de restos de baba, es comentar la caracterización de los enanos:

Nori, Fili, Dori, Bofur, Glóin, Dwalin, Thorin, Balin, Óin, Bombur, Bifur, Ori y Kili

Antes de nada, tengo que decir que me encanta cómo han dado a cada enano un diseño reconocible, teniendo en cuenta que en el libro la mayoría de ellos son poco menos que una masa informe y barbuda sin ningún rasgo definitorio digno de mención. El problema es que se les ha ido un poco la mano con las barbas, que se supone que son casi la mayor fuente de orgullo de los enanos, algo muy arraigado no sólo en su cultura (Bilbo se despide de los enanos con un «¡que vuestras barbas nunca crezcan ralas!») como en su biología (sus mujeres tenían barbas tan tupidas como las de ellos). En aras de la diversidad, acepto e incluso me gustan diseños minimalistas y elegantes como los de Dori, Ori y Fili. A duras penas tolero a Kili, que eso ni es barba ni es na.



Pero lo que no puede ser es lo de Thorin. El puto Thorin Escudo de Roble, jefe del clan de los putos barbiluengos (no de los enanos-lija ni nada por el estilo). Y aun así, creo que el principal problema ni siquiera es la barba, sino que se han esforzado en darle la apariencia más humana posible, como si así dignificaran al personaje. Mientras los otros enanos maduros (y Thorin lo era; tenía casi 200 años) tienen prótesis faciales, sobre todo de narices y orejas, para que sus rasgos sean más propios de su especie, Thorin podría pasar perfectamente por un hombre normal y corriente. No sé si detrás de esto hay sesudos estudios psicológicos y de mercado que dicen que el público no se identificaría con él a menos que fuera empotrable, pero no me sorprendería que vayan por ahí los tiros.

Entre los enanos, posar con esa barba equivale a sacársela en un botellón

Por lo demás, el tráiler me ha dejado bastante contento. Parece que, en efecto, van a «actualizar» el tono infantil de El hobbit para acercarlo al más adulto de El Señor de los Anillos, lo cual me parece un acierto, ya que hasta el mismo Tolkien renegaba de ese estilo. Probablemente eso implique cambiar un poco algún episodio como el del encuentro con los trolls, que no quedaría bien fuera de su contexto de cuento folklórico (en el tráiler, en torno al minuto 2:00, se atisba a los trolls y desde luego parece bastante épico, pero todo es épico en un tráiler y con esa música), o la parte de las cuevas de los trasgos, que recuerda más a los cuentos de hadas que a los orcos de las Montañas Nubladas que vimos en la primera trilogía.

Y en Third Age: Total War para el Medieval 2

El protagonismo de Galadriel/Cate Blanchett en el tráiler es un tanto desconcertante, pero supongo que se trata de atraer al público presentándole a personajes que ya conoce (por eso mismo sale Elijah Wood como Frodo), y para cumplir ese papel ella tiene bastante más carisma que su marido Celeborn. Ambos son miembros del Concilio Blanco, que como se cuenta en los apéndices de El Señor de los Anillos se enfrentó a Sauron a la vez que Bilbo y los enanos realizaban su viaje, así que desde que se anunció el proyecto ya se sabía que tendría un papel importante que desempeñar en la película de El hobbit (Galadriel, digo, porque de Celeborn creo que no se sabe nada). Lo que parece llevar años descartado es que se incluyan las aventuras del joven Aragorn en Rohan y Gondor como forma de enlazar con la primera trilogía: al final se van a centrar en El hobbit y en los hechos coetáneos a él.

Lo que nos lleva a un detalle interesante: Sauron, o el Nigromante, como se le llama en El hobbit (antes de que revele su verdadera identidad). ¿Corregirán la aberración de haberle convertido en un puto ojo literal, en un faro que ilumina Mordor, y le presentarán como un ser encarnado al fin? No sería raro, teniendo en cuenta que la intención era que Aragorn luchase con él cuerpo a cuerpo en El retorno del rey (sep), pero no creo que se vea nada demasiado explícito. Habrá que esperar a que alguien haga una película sobre las locuras de juventud de Sauron, que sería bastante interesante.

Aunque, al final, ¿qué importa todo esto? ¡En El hobbit sale Smaug!

YEAH

sábado, 26 de abril de 2008

En un agujero en el suelo...


A estas alturas todo el mundo sabe ya que sí, que parece que al final va a haber película de El Hobbit (bueno, dos películas). En realidad, desde que salió el anuncio allá por diciembre apenas se han revelado datos sobre el proyecto, con lo que yo ya me temía lo peor y estaba convencido de que o era todo una broma o todo se iba a ir al carajo por quiebra de las partes implicadas, lo que bien mirado todavía podría pasar perfectamente. Pero parece que la cosa va en serio, con anuncio oficial y repercursión en las noticias estos días , y que el proyecto sigue adelante, dirigido no por Peter Jackson (esto ya se sabía), sino por el hombre este de El laberinto del Fauno, o séase, por Guillermo del Toro. Teniendo en cuenta que la única película suya que he visto es Blade II, prefiero no decir nada, pero estoy segurísimo de que es mejor opción que el otro posible director que se rumoreaba, Sam Raimi, quien estará demasiado ocupado torturando vilmente a Peter Parker (ya ha llovido desde Evil Dead, ¿eh?).

Además del anuncio oficial, ha salido una entrevista con Del Toro en The One Ring, en la que dice algunas cosas interesantes. Habla un poco de la segunda película, que imagino que estará basada mayormente en la historia de Rohan y Gondor, en el Concilio Blanco (Gandalf, Saruman y elfos por todas partes), en Sauron y su identidad secreta como El Nigromante y, por aquello del pasteleo, en Aragorn y Arwen. Es decir, los Apéndices de El Señor de los Anillos, pero desgraciadamente sin los gloriosos Apéndices E y F. Dice Del Toro que esta segunda película "no es relleno, es una parte integral de la historia de esos 50 años perdidos de la narración". A ver si es verdad, porque si la hacen bien creo que tiene más potencial que la propia película de El Hobbit, por ser de nivel experto y tener menos enanos retozando y más enanos metiendo hachazos. Bueno, me retracto, que la primera tiene a Smaug, el tercer dragón más molón del legendario tolkienano.

En principio participaría más o menos la misma gente que en la trilogía original para los efectos especiales, maquillaje, diseño de escenarios y todo eso, o sea que habría continuidad (la ambientación era lo mejor de las películas de Peter Jackson, en mi opinión, si exceptuamos a los elfos cuadriculados salidos de Nuremberg en 1933). Además, parece que Andy Serkis repetirá como Gollum y Ian McKellen, como Gandalf. Ya sólo queda esperar que repita también Viggo Mortensen como Aragorn, más que nada pensando en una posible versión de Trola Films. En todo caso, esto puede ser muy grande y sólo de pensar en lo que pueden dar de sí estas dos películas me lo hago en los pantalones.

La banda sonora ya la tienen: