jueves, 21 de noviembre de 2013

Wiluša

Pocas cosas me llaman más la atención que los ecos de la historia en las leyendas, como ya mencioné al hablar del rey lombardo Albwin y del poema anglosajón Widsið. Cuando se descubrió al Homo floresiensis, en Sumatra, lo más evocador para mí fue que los nativos tenían leyendas sobre una pequeña criatura humanoide llamada Orang Pendek, y lo que hace que Atila mole todo no es el terror de los romanos, sino su aparición como Atli en la Völsunga saga o Etzel en el Cantar de los nibelungos. Una de mis leyendas favoritas es el ciclo troyano, especialmente los elementos más arcaicos. Muchos académicos tienen inclinaciones parecidas a las mías, lo que ha hecho que la cuestión de la historicidad de la Ilíada sea un tema fascinante, pero peligroso: es muy fácil dejarse llevar y caer en argumentos circulares sólo por las ganas de ver a la Troya legendaria materializarse en la Historia como campo científico.

Si a esto le unimos mi interés (nunca explorado) por la rama anatolia de las lenguas indoeuropeas, por el reino de Hatti y por el tsunami geopolítico con el que terminó la Edad del Bronce, es normal que me resulte irresistible la identificación de Troya con la Wiluša de las fuentes hititas.


Mapa del reino hitita y estados dependientes, con Wiluša en la Tróade (1300 a.C.)

Para empezar, en la Ilíada normalmente no se usa Τροίη (Troíē) para referirse a la ciudad, sino Ἴλιος/Ἴλιον (Ílios/Ílion), que a su vez procedería de una forma más antigua: Ϝίλιος (Wílios), con pérdida regular posterior de la /w/. La correspondencia, por lo tanto, es de lo más sugerente. Además, asociado a Wiluša aparece el nombre de una ciudad, Taruiša, que ha sido relacionado con Troya. Por si esto fuera poco, se conserva un tratado de alianza entre el rey hitita Muwatalli y cierto Alakšandu, rey de Wiluša en torno al 1300 a.C. al que se podría identificar con Alejandro de Troya (más conocido como Paris). En ese tratado, Alakšandu pone como testigo a Apaliunaš, es decir, a Apolo, el principal dios defensor de los troyanos en la Ilíada. En varias cartas posteriores se habla de los conflictos de Hatti con Aḫḫiya o Aḫḫiyawa (el país de los aqueos en Anatolia) en torno a Wiluša y de las andanzas de Piyamaradu (¿Príamo?) por Lukka (Licia), Millawanda o Milawata (Mileto), Apaša (Éfeso) y la isla de Lazpa (Lesbos). Esas correrías se cuentan sobre todo en una carta entre un rey hitita y Tawagalawa, hermano del rey de Aḫḫiyawa, cuyo nombre se corresponde con el griego clásico Eteocles (Ἐτεοκλῆς < ἘτεϜοκλέϜες). Tenemos por tanto una multitud de nombres griegos y de conflictos en los que los aqueos se involucran en la Anatolia occidental de finales del Bronce, y la identificación de Wiluša con Ilión no sólo se basa en la semejanza lingüística, sino también en la interpretación de la geografía política que se desprende de los textos hititas e incluso del hallazgo arqueológico de una serie de canales subterráneos, mencionados en el tratado de Alakšandu, en las excavaciones de la ciudad identificada como Troya. Es todo perfecto y más que suficiente para rellenar el resto de la entrada con emoticonos de gatitos, ¿no?

Pues no. En lo que tal vez sea lo más decepcionante desde que todos esos dinosaurios resultaron tener plumas, buena parte de lo anterior podría basarse más en lo que les gustaría a los investigadores que en la realidad.

 
Experto en la Edad del Bronce

Y es que, en su artículo Wilusa: Reconsidering the Evidence, Vangelis Pantazis desmonta esa teoría de forma demasiado convincente. Para empezar, un vistazo al mapa de Anatolia de arriba bastará para darnos cuenta de que, de acuerdo con esa interpretación, Wiluša estaba a tomar por culo de Hatti, mientras que en el tratado de Alakšandu se dice que está en las regiones fronterizas del país hitita y que Wiluša se compromete a poner trabas a cualquier ataque que pase por sus tierras, lo cual no tiene sentido si su ciudad está en la Tróade (también está obligada a apoyar a Hatti con infantería y carros, pero no se dice nada de ninguna flota; no parece que tuviera costa). En otros documentos, Wiluša aparece junto a Lukka, Karkiša y otros estados cuya ubicación en el suroeste de Anatolia está fuera de toda duda como miembro de la coalición de Aššuwa, que los hititas tratan como un país unificado. Otro miembro de esa coalición es Taruiša, separada y no como sinónimo de Wiluša ni dependiente de ella, lo que no encaja con la teoría de que estamos ante Troya e Ilión. Según Pantazis, la interpretación clásica de los datos geopolíticos es completamente errónea y está basada en argumentos circulares y en errores de base, como la identificación de Éfeso con Apaša. De hecho, colocar a Wiluša al noroeste no hace más que crear problemas geográficos irresolubles con otros estados de la región, y todo porque se parece a Ϝίλιος. Sin mojarse demasiado, Pantazis sugiere Ilouza y Trysa como posibles emplazamientos de las Wiluša y Taruiša de las fuentes hititas.

Pero no hay que desesperar. Aunque Ilouza no tenga el glamour de Troya, eso no quita para que estos textos documenten correrías griegas por toda la Anatolia occidental. Los proto-griegos de Aḫḫiyawa siguen siendo una potencia regional muy influyente, y Alakšandu sigue siendo una adaptación de Ἀλέξανδρος y demuestra el intercambio cultural entre griegos y anatolios. Las fuentes hititas son una ventana a estados que, aunque no fueran Troya, sí que tenían fuertes vínculos culturales y políticos con ella.

Después de todo, ¿acaso los dinosaurios con plumas no siguen molando?


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